Cuando comienzan a bajar las temperaturas y las flores decaen, llega el tiempo esplendoroso de una modesta planta que los visitantes habituales del Jardín Botánico conocerán ya, gracias a su llamativa floración blanca.
Hablo del carraspique (Iberis saxatilis subsp. cinerea), de la familia de las crucíferas (como la col). Esta planta perenne, que forma pequeñas matas amacolladas, es habitual en estepas secas y a menudo yesosas del interior peninsular ibérico. Bien adaptada a la sequía y el calor, es en otoño, invierno y primavera cuando la podemos observar en todo lo suyo. Sin embargo, en verano no destaca mucho, debido a su capacidad de perder gran cantidad de hojas para evitar la deshidratación.
Sus características flores blancas, que aparecen cuando prácticamente no hay ninguna otra flor en el campo, le permiten a esta planta “acaparar” los pocos polinizadores que pululan resistiendo los meses más frescos del año (pequeñas moscas, abejorros y abejas solitarias), que aprovechan cualquier mínimo rayo de sol para continuar su actividad.
En el Jardín Botánico de Castilla-La Mancha, aparece en diversos puntos, como la recreación de las estepas yesosas de Toledo, la rocalla caliza y la colección sistemática.
Sin duda, es una especie que debería utilizarse más en jardinería: no requiere casi agua y además florece en pleno invierno, favoreciendo a los polinizadores, ¿qué más se puede pedir?