Un alfabeto.
Si me preguntasen cuál sería el regalo de mi vida diría “un alfabeto”; si me preguntasen qué querría ser diría, “un alfabeto”; si me preguntasen a qué no renunciaría jamás, diría “al alfabeto”.
Si me preguntasen qué somos como especie … “un alfabeto”.
Si me preguntasen por la declaración de amor más absoluta iría a ese verso de la canción de Victor Manuel: […] ”sin tí me faltaría el alfabeto”. Y me quedaría a vivir en la naturaleza de ese amor.
Porque nada hay más hermoso: ser nombrado por la boca de aquellos a los que quieres, saberte un poco dentro, escuchar cómo te cantan, cómo te esculpen, cuál es la idea que se forja en sus cabezas y en sus tripas cuando eres tu quien ocupa sus adentros y lo verbalizan al mundo…
Porque nada hay más hermoso: nombrar, nombrar, nombrar; tejer realidades nuevas con los lapsos de tiempo en que se aparecen ante nosotros; dicen los filósofos del lenguaje que el alfabeto es el intento de congelar el aire. A diferencia de los ideogramas chinos (que dibujan ideas) o los jeroglíficos (que dibujan cosas), el alfabeto dibuja sonidos.
Es una partitura musical del habla humana.
Las letras no significan nada por sí mismas (una “P” no es nada), pero cuando se juntan, tienen el poder de invocar la voz de alguien que ya no está. El alfabeto permite que un minero del Sinaí o un poeta griego nos hable al oído tres mil años después. Es, en esencia, el primer dispositivo de grabación de audio de la historia.
Y yo quiero grabar a fuego cada cosa que veo, que experimento, que busco, que pierdo, que necesito, que amo, que me mueve, me impulsa, me da sentido e identidad.
Lo es todo, el alfabeto.
Es estar vivo el alfabeto porque significa incluso la derrota de la muerte. Dice Carl Sagan que la escritura alfabética es lo que nos permite “romper los grilletes del tiempo” porque, antes del alfabeto, el conocimiento humano era frágil: dependía de la memoria de los ancianos y moría con ellos. Con el alfabeto, hasta el pensamiento mas nimio, el conocimiento más necesario o un poema de amor pueden sobrevivir a la erosión de la piedra y al colapso de los imperios. Siguen vivos. Y siguen calando hondo.
El alfabeto es la prueba de que los humanos se negaron a aceptar que la muerte fuera el final de sus ideas.
Y yo me quedo ahí, en esa idea, la de vivir en un símbolo que, apenas susurrado, se convierte en un hacedor de realidades capaces de modelarnos, de definirnos, de estremecernos.
Acércate…
Tengo un alfabeto entero para regalarte.
Señala que yo escribo.
Nombrar para ti el mundo. Nada más deseo.
