
Formadora, escritora, terapeuta internacional Snoezelen y referente en educación emocional, pedagogía de la luz y metodología ABN. ABP
En un momento en que la educación infantil reclama más conciencia emocional, innovación metodológica y sensibilidad hacia el desarrollo integral del niño, Mari Carmen Sáez Moreno se consolida como una de las voces más influyentes del panorama educativo español. Reconocida como Mejor Docente de España 2025 en los Premios Educa Abanca en la categoría de Educación Infantil, su trayectoria combina investigación, práctica en aula y formación docente con un enfoque profundamente humano.
Recibir este reconocimiento ha sido uno de los momentos más emocionantes y significativos de mi trayectoria profesional.
Para mí, este premio no representa únicamente un logro personal, sino el resultado de un camino compartido con mi alumnado, sus familias y toda la Comunidad Educativa que cree que la enseñanza debe adaptarse a cada estudiante, respetando sus ritmos, sus capacidades y su forma única de estar en el mundo. Es el reflejo de años de trabajo en silencio, de innovación en el aula, de pasión por mi trabajo y de la convicción de que la educación es el motor para mejorar la sociedad.
Este reconocimiento supone también una gran responsabilidad y me anima a seguir trabajando en la misma línea y a seguir compartiendo y defendiendo aquello en lo que creo. A su vez, me ofrece un altavoz para seguir promoviendo que otra educación es posible y necesaria.
Este reconocimiento refuerza mi convicción de que apostar por metodologías activas, por la educación emocional y por una enseñanza centrada en cada persona no solo es necesario, sino urgente. Y, sobre todo, me anima a seguir trabajando con la misma ilusión para que la educación sea, verdaderamente, un motor de equidad y transformación social.
En estas publicaciones intento trasladar a las familias una idea fundamental: el aprendizaje no es solo un proceso cognitivo, sino también emocional y vivencial. Y para lograr el máximo desarrollo de todas las potencialidades del alumnado la enseñanza debe ser motivadora, personalizada, activa y significativa.
Los padres y madres deben entender que sus hijos e hijas no necesitan que les enseñemos más rápido, sino que les acompañemos mejor. Validar sus emociones, respetar sus ritmos, ofrecerles oportunidades para explorar, participar en las decisiones que les afectan o aprender desde la experiencia son aspectos clave para su desarrollo integral.
Cuando el niño o la niña se siente escuchado, tenido en cuenta y emocionalmente seguro, aumenta su motivación, su autonomía y su capacidad para aprender de forma significativa. Involucrarles en su propio proceso de aprendizaje —dejándoles experimentar, equivocarse y volver a intentarlo— favorece no solo el desarrollo cognitivo, sino también la autoestima, la responsabilidad y la gestión emocional.
Además, es importante entender que el juego, la curiosidad, el asombro, la experimentación y la participación activa no son algo insignificante, sino la base sobre la que se construyen aprendizajes sólidos, emocionantes, significativos y duraderos.
En definitiva, las familias pueden aplicar en casa pequeñas acciones cotidianas que marcan una gran diferencia y que complementen las diferentes estrategias metodológicas que se usan en el aula, para conseguir que sean curiosos, críticos, comprometidos, respetuosos, reflexivos, creativos, respetando sus características personales y sus sueños y, ayudándoles, a conseguirlos.
El bienestar emocional del alumnado es la base sobre la que se construye cualquier aprendizaje significativo. Creo que la escuela actual está avanzando hacia una mayor conciencia sobre la importancia de educar emocionalmente, pero aún no está del todo preparada.
Durante muchos años, el sistema educativo ha priorizado los contenidos académicos por encima del desarrollo personal, y eso ha hecho que las competencias emocionales quedaran en un segundo plano. La educación emocional aún no ocupa el lugar que se merece y que le corresponde.
Educar emocionalmente no consiste únicamente en realizar actividades puntuales, sino en integrar de manera real y transversal la gestión de las emociones dentro del día a día del aula. Para ello, es fundamental que el profesorado reciba formación específica y que existan tiempos, recursos y apoyo institucional que permitan trabajar estas competencias de forma sistemática.
Aun así, soy optimista, hay una conciencia cada vez mayor, que educar también es enseñar a sentir, a relacionarse y a convivir. Preparar al alumnado para la vida implica dotarlo no solo de conocimientos, sino también de herramientas emocionales que le permitan afrontar los retos personales y sociales con equilibrio y resiliencia.
Uno de los mayores desafíos que detecto en el profesorado actual es la dificultad para dar respuesta a la creciente diversidad del alumnado dentro de un sistema que, en ocasiones, sigue siendo rígido.
Hoy en día, el profesorado se enfrenta a aulas cada vez más heterogéneas, donde conviven distintos ritmos de aprendizaje, necesidades educativas, realidades emocionales y contextos socioculturales. Atender a esta diversidad desde un enfoque verdaderamente inclusivo exige no solo formación metodológica, sino también herramientas emocionales, tiempo para la reflexión pedagógica y recursos.
Muchos docentes quieren innovar, personalizar el aprendizaje o trabajar desde la educación emocional, pero se encuentran con limitaciones estructurales, falta de recursos o sobrecarga burocrática que dificultan llevar a la práctica todo aquello que saben que su alumnado necesita.
A esto se suma otro gran reto: la presencia cada vez más temprana de la tecnología en la infancia. El uso de dispositivos digitales desde edades muy tempranas está teniendo un impacto directo en aspectos como la atención, la gestión emocional, la tolerancia a la frustración o las habilidades sociales. Esto obliga al profesorado no solo a integrar la tecnología como herramienta pedagógica, sino también a educar en un uso responsable, saludable y equilibrado de la misma. Pero para ello, también es imprescindible el apoyo de las familias.
El gran reto, por tanto, está en acompañar al profesorado en ese proceso de cambio, ofreciéndole formación práctica, espacios de colaboración y confianza profesional para que pueda transformar su aula sin sentirse solo ni desbordado. Porque cuidar a quienes educan es también una forma de cuidar la educación.
Las familias tienen un papel esencial en este modelo educativo, ya que el aprendizaje no se limita al aula, sino que continúa en cada experiencia cotidiana que el niño o la niña vive fuera de ella.
Un modelo educativo activo requiere que los niños y niñas pregunten, experimenten, tomen decisiones, se equivoquen y aprendan desde la vivencia, y para ello necesitan adultos que confíen en sus capacidades y les ofrezcan espacios para explorar y participar de manera activa en su propio aprendizaje.
Además, educar emocionalmente implica que las familias promuevan en casa el diálogo, la escucha, la empatía y la gestión de conflictos desde el respeto, estableciendo límites coherentes desde el afecto.
Cuando familia y escuela comparten esta mirada y trabajan de forma coordinada, se construyen entornos seguros que favorecen no solo el aprendizaje significativo, sino también el bienestar emocional y el desarrollo personal del alumnado. Por ello, como siempre digo, familia y escuela es la unión perfecta y necesaria.
A quienes comienzan su carrera en Educación Infantil les diría que nunca olviden que han elegido una de las profesiones más importantes que existen, que van a trabajar con personas en pleno proceso de construcción, y que su labor va mucho más allá de enseñar contenidos.
Es fundamental que entiendan que educar en estas edades implica acompañar, observar, respetar los ritmos individuales y generar vínculos seguros desde el afecto y la confianza. Cada mirada, cada palabra y cada experiencia que ofrecemos en el aula deja una huella profunda en el desarrollo emocional, social y cognitivo de los niños y niñas. No olviden nunca que educar es emocionar, es mirar, escuchar y estar presentes.
Les animaría también a formarse de manera continua, a reflexionar sobre su práctica docente y a no tener miedo de innovar, pero sin perder de vista que lo más importante no siempre es hacer más, sino hacer mejor, desde la formación y la reflexión.
Y, sobre todo, que cuiden su vocación. La Educación Infantil necesita docentes comprometidos, valientes, innovadores, sensibles y conscientes del enorme impacto que tiene su acompañamiento en los primeros años de vida.
Porque educar en la infancia es, en realidad, ayudar a construir el futuro desde el cuidado y el corazón.
Y para finalizar me gustaría dejarles esta frase:
La docencia es una profesión emocionalmente apasionante, profundamente ética e intelectualmente exigente, cuya complejidad solamente es vivida por quienes solemos poner el cuerpo y el alma en el aula" (Michael Fullan & Andy Hargreaves).