
Y … Líbrame de ser influencer
Líbrame de convertirme en escaparate, en algoritmo,
en escaparate otra vez.
Líbrame de aprender a mirarme con los ojos implacables de una pantalla.
Líbrame del hambre de aprobación que no alimenta.
Líbrame de la tiranía del espejo encendido, del pulgar que juzga,
del corazón rojo que late un segundo y después se olvida.
Líbrame de medir mi carne en píxeles, de contar mi valía en seguidores, de aprender a odiar la suavidad de mi vientre porque no cabe en un marco cuadrado.
Líbrame de confundir el amor con un algoritmo.
La muerte de la joven brasileña Bianca Dias, tras complicaciones de una cirugía estética, no es solo una noticia que atraviesa el telediario y se pierde. Es un lamento. Es el eco de una presión antigua con traje nuevo. Antes fueron corsés; hoy son filtros. Antes el silencio; hoy la exposición perpetua.
Pero el mandato es el mismo: sé hermosa, sé deseable, sé perfecta… o desaparece.
Nos prometieron que mostrarnos era empoderarnos. Que el cuerpo podía moldearse como arcilla hasta alcanzar la forma exacta del deseo ajeno. Y en ese altar luminoso donde todo se exhibe, el sacrificio sigue siendo femenino. Tiempo. Sangre. Autoestima. A veces, la vida.
Quizá conmemorar el Día de la Mujer sea también esto:
atrevernos a romper el espejo. Reescribir el éxito. Recordar que ningún cuerpo necesita disculparse por existir. Y que ninguna mujer debería morir intentando gustar.