
Lydia tenía quince años cuando su cuerpo dijo basta. Un ataque, un diagnóstico y esa frase que nadie espera escuchar: «tienes una enfermedad». A partir de ahí, la adolescencia que debía haber sido libertad se convirtió en citas médicas, medicación, mareos, miedo
y una lucha diaria por no rendirse.
Este libro no es solo el testimonio de una enfermedad que lo cambió todo; es también una carta abierta a la ansiedad, al dolor, a la niña que fue y a quienes la sostuvieron cuando parecía que ya no quedaba fuerza. Con una voz directa, sin adornos ni clichés, Lydia comparte lo que duele, pero también lo que salva: una profesora que escucha, unas amigas que están, una pareja que abraza y un puñado de sueños que siguen en pie.
Lo que la vida no me quitó es un grito silencioso y, a la vez, poderoso: aquí sigo. Y eso ya es muchísimo.