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ABM julio 2025

Nº 357 Julio 2025

ABM julio 2025

Nº 357 Julio 2025

Elena Serrallé

LA ÚLTIMA CURVA

LA ÚLTIMA CURVA

 

¡Ay esa última curva antes de llegar al pueblo, a mi pueblo! Al rebasar la gasolinera y encarar esa recta de apenas un kilómetro ya empieza a dibujarse la sonrisa en mi cara, a expandirse mi corazón, a bajar el ritmo de mis pulsaciones y a colonizar mi mente la lista de recuerdos cada vez más abultada y también más nostálgica.

 

La mejor sensación. La de llegar al pueblo para pasar el verano.

 

Y es que soy de pueblo, pero no de uno cualquiera, del mejor. Nunca he alcanzado a entender a los que, afectados por alguna carencia, reniegan de sus raíces y juegan a ser urbanitas inventando una identidad ficticia, mediocres acomplejados. Siempre he presumido de ser una mujer rural porque ser de pueblo es un privilegio del que sólo disfrutamos los tocados por la varita de la diosa fortuna.

 

Aún en mi retina aquellas largas tarde de verano en las que escuchaba una vocecilla al otro lado de una puerta que siempre estaba abierta y que me proponía el mejor plan ¿“te sales?” Salir significaba echar a volar, implicaba correr, jugar, ir, venir, andar, reír, soñar, inventar, explorar, descubrir, conocer, aprender, pedalear, pillar, esconderse, cantar, bailar, flirtear, vivir y vuelta a empezar al día siguiente. La sensación de libertad que se siente en un pueblo cuando eres niño no es comparable con nada.

 

¡Qué no daría por volver a aquellos veranos infinitos de melena enredada al llegar la noche! Esos veranos de noches al fresco en la mejor compañía, sin prisas, sin relojes, bajo el paraguas estrellado, escuchando anécdotas de otros tiempos acerca de gente que en muchas ocasiones ni siquiera llegué a conocer. Aquellos veranos de rodillas raspadas, brazos quemados por el sol y pecas especialmente pronunciadas. Esos de tertulia con mis amigas mientras inventábamos historias divertidas al tiempo que nos inflábamos a comer chuches en el muro de la Iglesia al salir de Misa los domingos, eso si eran “gastroexperiencies”. 

 

 

Después, de una manera cruelmente sutil fui comprobando cómo cada verano las calles iban menguando, cómo la fuente que de chiquilla parecía La Puerta de Alcalá, se fue haciendo pequeñita, y cómo el cementerio, que de niña lo entendías como un lugar de película y de retos nocturnos, pasó a convertirse en un destino de peregrinación al que camino con los ojos húmedos inventados por las ausencias que duelen.

 

 

Y de nuevo otra vez, otro verano, otra última curva, otro año a la mochila de la vida y la opinión intacta de que mi pueblo sigue siendo el mejor pueblo. 

 

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