
“Santo, santo, haz milagros,
Mueve el mundo, cambia el rumbo…”
(Santo, Santo; Coque Malla)
No importa en absoluto si somos o no creyentes. Ni tampoco importa qué o quién sea el Santo al que imploramos; puede ser el dios cristiano o cualquier otro, puede ser cualquier entidad que, pensemos, confiere sentido a nuestra vida, ordena el mundo, nos espera en algún lugar cuando nos vayamos.
No importa.
Pero sea cual sea y esté donde esté necesitamos ya un milagro que dinamite en mil pedazos la Soledad viscosa-voraz-feroz-salvaje-pegajosa-invasiva-impía-cruenta-devastadora-hambrienta que parece haberse tornado endémica.
Esta Soledad que leo en un periódico:
[…]”Un informe de 2025 de la Universidad Brigham Young sugiere que 1 de cada 5 estadounidenses ha interactuado con un compañero de IA con fines románticos. Replika tiene alrededor de 35 millones de usuarios registrados en todo el mundo, con personas usando la app para relaciones afectivas o íntimas”.
Después de leer artículos sobre el crecimiento de este tipo de aplicaciones una profunda tristeza ha ido trepándome por dentro. ¿Qué clase de Soledad sentimos para elegir mantener una relación amorosa con un chat? ¿Qué clase de monstruoso vacío nos ocupa las entrañas para cerrar la puerta de casa y suplicar un gesto de amor a una falacia virtual que buscará la palabra que esperamos escuchar entre cientos de conexiones metálicas y mentirosas? Un beso a un holograma.
Así que este es mi deseo para este recién estrenado 2026:
Santo, Santo, haz milagros…
Llévatela, llévate esta Soledad infinita que asola el mundo.