Tengo dos hijos:
Mi hija tiene 25 años.
Mi hijo acaba de cumplir 23.
Sólo mi hija siene miedo en la calle.
Sólo ella, MUJER, coge el teléfono mientras vuelve a casa y me llama para que la acompañe en el sendero del miedo que se abre en cada esquina, porque una suerte de hiedra voraz, verde panico-verde corre-verde miraatrás-verde nolesmiresalosojos, se cuela en su torrente sanguineo hasta hacerla sentir aterrada. Entonces aprieta el paso. Y corre. Como huyendo, ella sola en ese instante, del miedo ancestral de todas las mujeres. Yo escucho, su angustia de alquitran y mercurio, al otro lado del teléfono mientras juntas contamos los pasos que le faltan para dejar el mundo fuera y cerrar la puerta con el pestillo (metáfora metálica del óxido que cubre las venas de todas la mujeres)
Y es cuando llega a casa. Cuando el mundo se queda fuera. Cuando su pulso deja de correr, cuando empieza la tregua de las paredesescudo, cuando empieza mi súplica, mi ruego, mi oración. (yo. Tan ágnostica. Tanto)
Que se acabe el miedo
Que se borre
Que se esfume
Que se desvanezca.
Que se vaya. Que se aleje.
Que no vuelva nunca.
Que ya no más:
ni un día solo más
ni una noche;
ni un segundo.
Que ya nunca. que jamás se conviertan en una amenaza:
Las calles cuando bajan las persianas de los locales comerciales: cuando las farolas y sus sombras endebles, temblorosas, patilargas, son su única compañía;
los portales que se abran justo cuando acabas de pasar por delante, olvidada la luz en la agenda que te empujaba a volver a casa antes de que anocheciese.
Que ya no. Que no. Que nunca más. Sea una amenaza
la longitud de la falda,
la copa en la mano,
la vertical del escote,
el rojo de los labios, la vida a raudales en el cuerpo meciéndose a la música,
las ganas de vivir en la garganta.
Que ya no. Que no. Que nunca más. La amenaza
en el rostro desnudo,
en el alma abierta,
en un libro en las manos,
en el camino elejido,
en el futuro abierto,
en el yugo roto.
Que ya no. Que no. Que nunca más. Lloren las estadísticas, lloren las cifras que gritan que no... que TODAVÍA NO somos iguales. Sólo humanos. Individuos. A ratos frágiles. A ratos infinitos.
Iguales.
Tego dos hijos:
tienen 25 y 23 años.
Dos seres humanos estrordinarios.
Los adoro.
No quiero tener más miedo por mi hija. Me niego. Tengo dos hijos. Dos seres humanos.
Inmensos.
Por Eva López Álvarez.