Un zumbido de chicharra. Un niño descalzo. La marca del bañador en la piel. Las bolsas de hielo que se pegan al brazo. El olor a crema solar. El primer sorbo de horchata. La siesta con la tele encendida. El paseo con abanico. El “¿vamos a la fuente?” de media tarde.
El verano está hecho de cosas pequeñas. Casi invisibles. Cosas que no se anuncian en los carteles ni salen en los programas de fiestas, pero que nos marcan el alma con más fuerza que cualquier plan.
Esas cosas que solo ocurren cuando el tiempo se ablanda. Cuando no hay prisa. Cuando podemos mirar y volver a mirar.
En el pueblo o en la ciudad, en la terraza de un bar o en una plaza donde solo canta un grillo: el verano se parece más a una sensación que a una estación.
Y si tienes dudas, respira hondo. Cierra los ojos. Escucha cómo suenan los días.
Seguramente te darás cuenta de que sí, está aquí.